7 jun. 2016

Demonios Terrenales: Sospechosos

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III
Sospechosos




Dicen que las lágrimas son el desahogo de una pena mayor. La manifestación física de la tristeza; esa intangible sensación desalentadora que destruye ánimos y sonrisas. Son vistas como señales de debilidad; muestras de un sufrimiento no controlado y mucho menos confrontado, convirtiendo la penuria en vencedora. Dicen que las lágrimas son necesarias para aliviar la carga emocional de un evento lamentable; pero, en ocasiones, son insuficientes. No bastan para liberar el grito desgarrador de una garganta sin cuerda; de un hombre sin voz; de una pena sin consuelo. En ocasiones las lágrimas caen cual cascada sin nada que las detenga, deslizándose por la mejilla sabiendo que son inútiles, pues el dolor seguirá inmutable destruyendo toda esperanza. Son lágrimas vacías.
Lágrimas vacías son las que derrama Gerald Castro, Comisario de Guares, sobre su escritorio, en la oficina de la comisaría, mientras observa la imagen detenida de su televisor; en ella se muestra una niña pequeña, de cabellos rulos y labios finos, observando de frente a la pantalla con pánico en sus ojos. Está observando la cámara que la graba, y a los ocupantes de la habitación.
Gerald detuvo la grabación pues ya no podía más. Llevaba horas incontables observando videos de niños siendo ultrajados de una manera tan inhumana, tan salvaje, que el temple controlado que alguna vez tuvo desapareció, dejándolo sumido en un sudor frío que le paralizó el cuerpo, paradójicamente, a la vez que lo hacía temblar, estremecerse, suplicar por no tener que  ver más y detener así toda la locura. Sabía lo que le sucedería a la pequeña, de nombre Lucy, cuando continuara el video. Un hombre vestido de negro y con un pasamontañas aparecería ante las cámaras, saludándola como un alegre anfitrión. Luego se acercaría a la niña y la golpearía una y otra vez; en la cara, en el vientre, en las piernas; cada golpe sería más bestial que el anterior dejando como evidencia moretones en su piel. La niña gritaría con cada azote; su garganta sería desgarrada por sus lamentos, pero él no se detendría. En vez de eso, usaría  las manos, la correa y un látigo posado en un escritorio junto la cama para continuar con su lujuria... Tras la paliza, se bajaría la bragueta y violentamente desnudaría a la niña; ella gritaría, pediría ayuda, intentaría luchar con todas sus fuerzas pero sus esfuerzos serían en vano. Sacudiría con violencia sus piernas en un desesperado por inútil intento por huir. La piedad no estaría presente y el hombre le hincaría los dedos en los muslos para sujetarla, acompañándose de unas bofetadas ocasionales que destruirían las fuerzas de la infante. Finalmente la violaría con brusquedad ante las cámaras. El movimiento de sus caderas marcaría el ritmo de la penetración y, a su vez, de los gritos de dolor de Lucy. La pequeña se desangraría entre las piernas, con unos quejidos que irían el aumento para luego comenzar a descender, hasta que su aspecto sería el de una muñeca de trapo. Un ser sin alma. Lucy lloraría y gritaría sumida en desesperación, rogando por su vida mientras sus partes íntimas se desangran. El vacío se vería en sus ojos a medida que se quebranta su niñez y el resto de su vida. Casi serian perceptibles las pesadillas entrando en su joven mente para resguardarse en las sombras y torturarlas en noches futuras, si es que llegase a sobrevivir.
Gerald sabía que todo esto sucedería si continuaba el video. Lo sabía porque había visto al menos una docena ya, con diferentes niños, en los que esto mismo les ocurría.
Un video grabado es una ventana al pasado, una muestra de lo acontecido. La violación a Lucy ya era un hecho, un ayer horroroso, y no continuar viendo el video no cambiara eso. Gerald lo sabía, pero aun así no quería seguir con su labor, como si deteniendo la imagen pudiese anular el sufrimiento de esa niña, fantaseando con que jamás ocurrió, y jamás ocurrirá.
Gerald apagó el televisor por fin, rindiéndose ante su debilidad. Guardó silencio con los ojos bien abiertos; si los cerraban llegarían a él las imágenes de todos esos niños y el momento justo en que sus vidas se destruían. Tantos videos que había visto, y tantos videos que faltaban por ver: al menos unos cuatro. Gerald maldijo por décima vez al hombre tras el pasamontañas, ese cuya sonrisa, aunque no era visible, se notaba por la gracia y la felicidad de sus movimientos; por la ferocidad con la que torturaba a los jóvenes; por la perversión latente.
Ángel Palacios fue el primer desaparecido reportado. Las semanas transcurrieron y nada se sabía del chico. Después de él hubo más y más desapariciones, en momentos menos esperados y en distintos lugares del pueblo, lo suficiente para hacer indetectable cualquier patrón que pudiera ayudar a las autoridades a determinar una zona de búsqueda. Y, hace pocos días, comenzaron a llegar los videos perturbadores. Los primeros aparecieron como un paquete envuelto en la entrada de la comisaría. El paquete estaba libre de huellas y llevaba adentro un CD con varias grabaciones. Luego los videos aparecieron en distintas partes de la ciudad. Lugares al parecer estratégicos, sin conexión unos con otros, pero lo suficientemente obvios para que cualquier peatón los encontrara y se los diera a algún oficial; si es que no tenía la mala suerte de llevárselo a su casa y reproducirlo en compañía de su familia.
Además de los videos, los discos no contenían ninguna pista sobre su origen o lugar de grabación. La habitación era una simple cama blanca, con un fondo gris, un escritorio a un lado y un niño desafortunado. Tan comunicativa como una hoja de papel en blanco.
Por toda la ciudad, varios ciudadanos reportaron haber visto individuos sospechosos; lo cual es lo mismo que decir que ningún ciudadano reportó nada, pues las llamadas eran siempre describiendo individuos diferentes y que en realidad no mostraban nada de extraño, pero la paranoia se estaba apoderando del pueblo y cualquier desconocido se estaba convirtiendo en enemigo. En el posible secuestrador de sus hijos, sobrinos, primos o hermanitos.
La policía del pueblo poco podía hacer; sin escenas del crimen para investigar, sin sospechosos por interrogar. Nada. Ni la más mínima pista sobre algún posible culpable. El hombre era como una sombra que aparecía en la esquina y se evaporaba con la noche, eligiendo víctimas al azar, con distintas edades y familia. La policía ya había dado por descontado cualquier teoría de venganza o asunto personal. No. Se enfrentaban a un asesino en serie, un secuestrador de niños insaciable y con gran inteligencia, pues no cometía errores.
Pero el pueblo no entendía eso. Ellos querían justicia y todos sus dedos señalaron al único hombre que podían ver como culpable: Geralt Castro, el Comisario. Nunca en toda su carrera había recaído tanto peso sobre él. Las familias desesperadas lloraban en su asiento para suplicarle que encontrara a sus hijos. La madre lloraba, el padre exigía conteniendo las lágrimas. La prensa destrozó a la comisaría hablando sobre su negligencia y como no podían detener a un simple secuestrador, aunque después abonaron sobre una posible conspiración. Familiares y amigos de las victimas clamaban por una rápida resolución, una respuesta mágica, como si los niños desaparecidos fueran a salir de una chistera cual conejos, gritando “¡Aquí estoy!” y dejando un final feliz para todos.
Pero no, esos niños no aparecerían y Geralt lo sabía.
En los años anteriores, cada año a Geralt le tocaba dar una charla para los nuevos reclutas. Un discurso corto y breve en donde les daba la bienvenida y los motivaba a cumplir su labor con honradez. De todo el discurso, en general bastante simple, destacaba un segmento que Geralt siempre dejaba presente.
 Les hablaba de la obviedad más grande del mundo criminal: Y es que todos podemos ser criminales. Cualquier persona allá fuera, caminando en las calles, con una mirada seria o con una sonrisa, podía ser un criminal o un futuro criminal en potencia. Basta un chasquido, una motivación, una razón poderosa para que esa persona decida enviar al garete sus creencias y rebajarse a lo más profundo de su humanidad. Ese es el principal problema a la hora de investigar: Todos son sospechosos hasta que se demuestre lo contrario.
Geralt recurría a un ejemplo: “Imaginen a un hombre en apariencia normal. Joven y trabajador con apartamento propio, con amistades y familia como cualquier ser humano, que día a día va a su trabajo a ganarse el pan, por las noches llega a dormir y en los fines de semana se dedica a divertirse o a descansar. Ese hombre, por una u otra razón, decide matar a uno de sus vecinos. ¿El móvil? Pocas veces importa. Tal vez ese vecino lo ofendió alguna vez; tal vez al hombre le pagarán por el asesinato; tal vez simplemente desea sentir la adrenalina de acabar con la existencia de una persona. Sea cual sea la razón, el hombre se ha propuesto una meta y va a conseguirla. Lo triste es que no es una meta complicada. ¿Qué le haría falta? Un arma, por supuesto, algo no muy difícil de conseguir. Unos guantes que se consiguen en cualquier farmacia. Observar a sus vecinos con mero detalle para aprenderse sus costumbres. Esto es algo que sucede en cada comunidad de manera inconsciente. Con el paso del tiempo, todos se aprenden el horario de sus vecinos. Saben cuándo el edificio está vacío y cuando no, a qué hora comienzan a llegar, quien está de viaje y quien está en su hogar; son detalles básicos pero fundamentales, pues son el arma de cualquier homicida. Una vez aprendido esto, el hombre solo debe esperar un día en que su víctima, su vecino, esté en casa. Si el vecino es una persona solitaria, el trabajo aumenta su sencillez considerablemente; si posee familia, esta puede morir también. Son variables fáciles de resolver según las opciones del asesino. Asumamos que esta vez el vecino es un hombre solitario. El asesino aprende que día va a estar solo y saca cuentas considerando los minutos disponibles y las probabilidades de ser visto; tomando todo en cuenta, elige una fecha. Finalmente va a casa de su víctima, con arma en mano y los guantes puestos; el vecino abre la puerta, el asesino oculta el arma; el vecino no sospecha nada y sale de su apartamento, o deja entrar a quien considera un hombre más. El asesino saca su arma, le da un tiro limpio a la persona y en un instante acaba con su vida. Mira a los lados confirmando que nadie lo ha visto. Cierra la puerta del apartamento dejando el cadáver desgarrándose adentro. Regresa a su hogar, esconde el arma, los guantes, y se pone a ver televisión. El crimen fue cometido con éxito.”
Muchas veces el crimen más perfecto es el más sencillo. Un crimen como el de aquel hombre jamás sería resuelto, pues nadie sospecharía que un vecino, entre tanto de los que hay, es el culpable. La única forma de atraparlo sería que por pura casualidad alguien lo viera, o el edificio tuviera cámaras, o algún otro detalle externo que sería más un golpe de suerte que un trabajo policiaco bien realizado. Es por ello que en un mundo donde todos se desconocen, todos son sospechosos. No existe moral inquebrantable ni nobleza pura que rompa la regla. Todos somos criminales en potencia.
Es por eso que Geralt estaba sumido en sus pensamientos con lágrimas resbalando sin gobierno. Él sabía que el hombre del pasamontañas no sería atrapado al menos que se tuviera un golpe de suerte. Sus crímenes eran tan fantasmagóricos, tan sencillos, que cualquier posible evidencia desapareció junto con los pequeños. Y todo era su culpa.
Su culpa, la de él, la de Geralt.
Le había fallado a su pueblo. Ellos exigían respuesta y con justa razón, pero él no podía dárselas, pues también las buscaba.
No lograba borrar de su mente aquellas imágenes de esos niños muriendo por dentro, viendo suplicantes a las cámaras pidiendo ayuda. Pidiéndole ayuda a él, pero no podía hacer nada. Solo se limitaba a observarlos sin conmiseración sabiendo que esos niños seguían siendo tratados del mismo modo en algún sitio, y que habría más desapariciones. Y que él no podría evitarlo.
Escuchaba los gritos desgarradores como ecos de su mente; ecos cada vez más cercanos que lo perseguirían cada día de su vida como muestra de su fracaso, arrojándolo al vacío de la vergüenza donde los dedos y las criticas eran las estacas que lo clavaban en la cruz. Merecía cada insulto, cada exigencia de su despido.
Geralt lloró en su escritorio y le pidió perdón a los pequeños. Un perdón que nunca escucharían pero que salía del corazón más sincero. El corazón de un hombre derrotado en su propio terreno, que debe estar impasible ante la imagen más monstruosa a la que se pueda someter un ser humano
No existían excusas ni explicaciones. Todo niño secuestrado era su responsabilidad. Toda inocencia perdida era su culpa, su maldita culpa. Él era tan verdugo como el hombre del pasamontañas, quien seguramente se burlaba en ese preciso instante. Triunfó el muy bastardo.
 ¿Qué podía hacer? Nada, y lo sabía. Lo sabía muy bien.   
Era un simple idiota llorando frente a su televisor.
Cuando menos lo esperaba, tocaron su puerta. Geralt se irguió, pero nadie entró. En vez de eso lo llamaron desde afuera, anunciándole que ya debía salir para dar la conferencia de prensa con los reporteros. Vaya chiste, diría “No sabemos nada” y se largaría. La conferencia más corta de la historia
Sacó su arma del cajón y la acarició con ternura. Cuanto hubiese deseado dispararle al degenerado culpable de todo, pero él había ganado la batalla y seguiría disfrutando con su juego.
Geralt fue derrotado.
Incapaz de soportar la culpa, Geralt se colocó el arma en la boca, cerró los ojos, soltó su última lágrima, apretó el gatillo, y  todo se apagó


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6 comentarios:

  1. D:
    Tan bien va esto que me da miedo de quedar decepcionada con su final TnT
    Por cierto ¿que le paso a Hernan? Ya no sé supo, digo porque creo es obvio que lo secuestraron pero ¿y si no? valla historia... ¬¬
    No quiero que acabe y si, quiero respuestas.... XD
    Saludos y un abrazo amigo mio...

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    1. Gracias por aumentar la presión xD. No te decepcionaré. Y sí, tendrás tus respuestas xD. Gracias por estar nuevamente por aquí, un abrazo muy grande :3

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  2. La vida de un guardián de la justicia no es fácil, momentos difíciles se viven todos los días, si no te pasas al lado oscuro, te quedas loco o bien optas por suicidarte, honestamente creo que hubiera pensado en hacer lo mismo... uno no sabe como reaccionaria a esas cosas.
    Por cierto, concuerdo con eso de solo basta "ese algo" para una persona cambie radicalmente, ya sea para bien o para mal.

    Saludos y muy buena vibra!!!

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    1. Sí, de hecho, sé de oficina de policias que tienen sus propios psicologos para que los ayude. No es facil lo que deben ver, soportar y cargar...
      Tu comentario tan analitico como siempre, gracias por pasarte, amigo :3

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  3. QUE!!! Como que aquí termina este capitulo.
    Hola John! Estaba muy atrasada con esta historia, y no tengo excusa alguna que decir excepto, estaba leyendo y leyendo jajaja. Me gusto mucho el enfoque de este capitulo, yo insisto que tengo mis sospechas.
    Que buena redacción, sigue así :)

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    1. Sospechas, sospechas, las que sean, serán respondidas. No te preocupes, lee cuando puedas, yo te lo agradezco mucho en verdad :3

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