20 jun. 2016

Demonios Terrenales: La vecina (Parte I)

¡Atención! Hay algo que debo decirte. El capítulo que estás por leer es demasiado largo como para que pueda publicarlo de un golpe; eso sería muy engorroso. Es por ello que he decidido postearlo en dos partes. La primera es esta que viene a continuación, y la segunda la publicaré el Jueves 23 de Junio. Ambas partes tendrán más o menos la misma longitud. Pueden notar que, aún divididas, son algo largas, pero preferí hacerlo así para no tardar dos semanas publicando un solo capítulo ya que creo que eso no les gustaría. Sin más que decir, espero que lo disfruten.
Para leer los capítulos anteriores, has click en aquí: Demonios Terrenales



V
La vecina

 

 

Gabriel refunfuñó, como todo niño al recibir una orden.
‒Que te vayas a dormir, dije.
‒Pero mamá…
‒No hay discusión, Gabriel
El pequeño Gabriel vio a su madre con ojos suplicantes, queriendo permanecer por lo menos diez minutos más despierto. Pero ella, implacable, con la simple mirada le respondió, y Gabriel, resignado, tuvo que bajar la mirada y dirigirse a paso lento a su habitación. Arrastrando los pies con la cabeza agachada, murmurando para  sus adentros, mientras su madre esperaba con paciencia verlo entrar a su cuarto.
Tras perder la esperanza de un cambio de opinión de su progenitora, Gabriel entró y cerró la puerta tras él.
 Amanda Soler era una madre solitaria. Una madre solterona. Una madre cuya gran exigencia hacia su hijo solo era superada por el amor que le tenía. Un amor que se veía en  cada gesto que el chico pasaba desapercibido, pues ella se negaba a dar muestra alguna de la preocupación que desde hace días la atormentaba impidiéndole dormir; haciendo que su mirada se perdiera en el infinito imaginando horribles paisajes de futuros inexistentes en los que a su hijo, su ternura, le pasaba algo; desapareciendo como tantos niños en los días anteriores.
Se acercó a la puerta del cuarto de su hijo y pegó la oreja, esperando escuchar el sonido de algún videojuego mal disimulado bajo las sabanas. Ahí se quedó por eternos minutos, deseando abrir la puerta para ver a su niño dormir, pero evitando hacerlo por temor a despertarlo. No escuchó señales de vida desde la habitación, eso era buena señal. El niño, obediente, se acostó a dormir.
Se alejó con suavidad tratando de no hacer ruido camino a la sala. El comedor estaba a oscuras a excepción de una pequeña lámpara en una mesa decorativa cerca de la ventana que daba a la casa de al lado. Amanda siguió de largo hasta llegar a la sala, donde se sentó en el sofá sintiéndose cansada. Una gran chimenea apagada se posaba ante sus ojos y por un momento tuvo el impulso de encenderla, de sentir el calor acariciándola y erizándole la piel. Quiso dejarse llevar por la danza de las llamas flotando ante sus ondulaciones, pero ya era muy tarde como rendirse ante sus fantasías. Gabriel estaba dormido. A Amanda la rodeaban estanterías llenas de fotos. Fotos de ella y su hijo. Fotos de Gabriel. Fotos de su exmarido. Su exmarido… El primero y único hombre que había amado hasta entonces, fallecido hace ya un tiempo, pero muy vivo en sus recuerdos. Pensó en encender el televisor, pero eso arruinaría su momentánea calma; su segundo de placidez.
Amanda estaba preocupada, muy preocupada.
Su vida había sido tan tranquila como preciosa, al menos ante sus ojos. Se casó joven, a los diecinueve años; después de todo, ¿para qué esperar? Ya tenía el amor de su vida. Ese que le brindaría protección y calidez, ternura y amor, fuerzas y seguridad. Conoció a su esposo en la escuela y desde muy temprana educación se quisieron intensamente, iniciando con rapidez la relación. A su alrededor, parejas iban y venían quebrantándose con lo días, pero ellos no: ellos seguían juntos, siempre juntos.  Fue la envidia de sus amigas, pues incluso ellas veían el amor que ambos se prometían entre besos y palabras. Un amor sincero a pesar de ser adolescente. Un amor que soportó el peso de los años y los llevo a consagrarse bajo la mirada de Dios en santo matrimonio, recibiendo la bendición de ambas familias en una ceremonia que, aunque sencilla, representó todo lo que alguna vez Amanda había soñado. Aún recordaba su camino por el altar sonriendo, viendo a su hombre, su futuro esposo, esperándolo nervioso pero emocionado. Ahí, de pie, a punto de iniciar una nueva vida juntos después de tantas experiencias. Él tomó su virginidad, y ella jamás consideró dársela a otro persona. De hecho, incluso después de su partida. Amanda no volvió a compartir cama con nadie más. Su cuerpo y su alma siempre pertenecerían  al mismo hombre fallecido.
Por qué sí, él estaba muerto.
Después de la boda, juntos se fueron a vivir en una modesta pero bonita casa que unos tíos les habían regalado. Ella decidió quedarse como ama de casa mientras que él cumplía su sueño de ser mecánico en un taller de autos cercano. Todos los días se marchaba temprano y volvía junto con el ocaso. Ella lo esperaba con una buena cena, una sonrisa, y una animada conversación que continuaba por horas; intercambiando noticias y hasta chismes, y luego ambos se iban a la habitación y hacían el amor con una pasión que prometía jamás desvanecerse. Una llama eterna que ardería por siempre y los mantendría vivos en la inmortalidad del sentimiento. 
“Pero la llama se apagó”, pensó Amanda.
Con el paso de los años, nació en ambos el deseo mutuo de traer juntos a un niño, un bebé. Su última y gran muestra de amor. No fueron pocos los intentos que tuvieron, y más de una vez llegaron a desesperarse, pues por más que pasaban los meses y se repetían las ocasiones, el tan ansiado miembro de la familia no llegaba. Fracaso tras fracaso. Una prueba negativa de embarazo; y luego otra y otra y otra. Maldita la ansiedad que los consumía. La iglesia llegó poco después cuando, casi sin espíritu, aumentaron su cantidad de visitas rezando en cada una de ellas por el regalo bendito del niño. “Por favor, mi Señor, permíteme tener un hijo y te prometo que lo guiaré bajo tu palabra”. Pero nada, el niño no venía. A pesar de eso, el matrimonio nunca se debilitó. La flor no se marchito. El amor seguía palpable como si cupido los flechara cada noche al dormir. Y finalmente sus rezos dieron frutos: Amanda estaba embarazada
Que gloriosa era su dicha. Que grande era su felicidad.
Pero el vidrio se quebró. Se quebró y sus afilados bordes les crearon cicatrices a todos. Se quebró un día, cuando Gabriel aún estaba aprendiendo a caminar, y a Amanda le llegó la noticia.
El cadáver de su esposo quedó irreconocible. Después de todo, eso era lógico, ¿no? En el velorio, a pesar de ser con urna cerrada, nadie quiso acercarse demasiado, como si en cualquier momento esta fuera a abrirse y a mostrar el montón de tumulto desangrante en que se había convertido su esposo, o al menos su cabeza… O lo que quedaba de ella. Que no era mucho en realidad. Su cabeza fue aplastada por un auto en el taller. Habilidoso como siempre, el hombre trabajaba  debajo de un auto que se hallaba elevado en una rampa. Lo reparaba como si un día normal se tratase. Poco o nada sabía el infeliz que la rampa fallaría, que el auto se le vendría encima. Fue curioso, porque tal vez en un reflejo, el hombre intentó moverse para quitarse del camino, pero fue justo este movimiento el que le posicionó la cabeza debajo de unas de las ruedas, la cual cayó sobre él aplastándolo como si de un melón se tratase. Tal vez, solo tal vez, de no haberse movido, hubiese golpeado con la carrocería inferior del auto; este hubiese sido un gran moretón, pero no lo hubiera aplastado, por supuesto. Pero no, él se movió, y como consecuencia su cabeza terminó convertida en un melón
¿O era una sandía? Amanda, en el funeral, entre sinceros pésames y palabras reconfortantes, escuchó a un grupo de compañeros del trabajo de su marido, hablando entre si de lo ocurrido: “Fue horrible, te lo juro. Fue como ver explotar una sandía”:
Sí, era eso: Una sandía.
Desde entonces vivió con ese pensamiento en la frente: “La cabeza de mi esposo se convirtió en una sandía aplastada” y, aunque se sentía estúpida por ello, no volvió a comerse una sandía jamás.
¿Cómo hacerlo? En su mente yacían las perversas imágenes falsas, pero de sentimientos reales, en donde imaginaba el accidente cuadro por cuadro, viéndolo en cámara lenta como si quisiera apreciar cada detalle de la explosión de la cabeza (“sandia”) de su marido. Si cerraba los ojos escuchaba perfectamente el crujir de sus huesos, los sesos volviéndose papilla, los ojos saltando de sus cuencas… Su nariz perfilada apretándose contra su cráneo poco a poco, en un micro segundo, hasta atravesarlo por completo. “¿Dónde habrán acabado sus dientes?” Escuchó que un borracho preguntaba una vez en una fiesta de sus amigas donde la conversación giró alrededor de su difunto esposo.
Amanda recibió la noticia por teléfono, pero eso no le sería de consuelo. No hubo ni que llamar al hospital, la muerte fue instantánea. En realidad, ella apenas había participado. Para cuando la llamaron el cuerpo había sido trasladado a la morgue y nada quedaba por hacer, más que llamar a los familiares para informarle entre arqueadas la desgracia. Después fue a recibirlos en la casa, para una reunión grupal de lágrimas donde nadie podía creer que el pasado fuese verdad. Porque las desgracias le ocurren a las demás personas: A la gente de los periódicos, de las revistas, de la televisión y las noticias; no a uno, nunca a uno. Pero aquella vez si le había sucedido a ella: a Amanda, dejándola viuda, sin trabajo, y con un hijo al cual alimentar,
Su mundo se desgarró, se derrumbó, se trasformó en un vacío sin fondo tras la muerte de quien le parecía su razón de ser. Aun así, a pesar de eso, Amanda encontró una luz que le dio fuerzas para derramar solo las lágrimas necesarias y después seguir luchando. Luchando por la vida de su hijo. Fue su hijo quien se convirtió en el centro de su universo, en la única estrella de su cielo. Amanda no podía caer, no debía. Estaba adolorida y desfallecida, casi tan muerta como su marido, pero solo por dentro; ya que por fuera debía mostrarse fuerte y mantenerse firme en honor a su deber como madre.
De cierta forma tuvo suerte: no estuvo completamente sola. Varios familiares la ayudaron al comienzo. Solo al comienzo, pero algo es algo, ¿no? Sin estudios universitarios ni grandes ahorros, Amanda tuvo que regresar a las calles a buscar trabajo. Limpió casas, trabajó de mesera, atendió niños ajenos; de todo lo que le permitiera seguir llevando el pan a la mesa. Empleos dignos pero poco satisfactorios. No fue sino que hasta una amiga le abrió la puerta que Amanda comenzó a sentir un avance. Le ofrecieron un puesto de secretaria en una pequeña empresa; aunque por más pequeña que fuera, el sueldo seguía siendo muchísimo mejor que en cualquier otro trabajo, así que aceptó de inmediato y, tras hacer un breve curso, inició su nueva carrera. Ahí permaneció por años y años sin apenas alterarse; sin mucho que contar pero igualmente feliz. Olvidando el final trágico de su historia de amor, el siguiente capítulo de su vida la mostraba junto a Gabriel, su hijo, quien crecía sano y era un buen chico; y ella, con un trabajo estable, modesto, pero lo suficientemente bueno para permitirle mantener la casa y salir adelante. Siempre para adelante.
Al menos hasta que comenzaron las noticias.
Desapariciones. Al menos una docena de desapariciones de niños estaban golpeando al pueblo de Guares y nadie sabe quién, cómo ni por qué. El pánico de Amanda crecía con cada niño menos que se veía en el pueblo, pues en el fondo, sabía que su hijo podía ser el siguiente.
Todo comenzó con ese chico, Ángel; una noticia sorprendente pero hasta entonces no tan llamativa. Sí, está bien, en honor a la verdad hay que aceptar que los Palacios son una buena familia y el chico Ángel estaba muy bien educado, ¿pero quién sabe si había decidido irse por alguna razón? Todos en esa familia eran uno creyentes extremistas, y aunque Amanda compartía su fe, no veía con los mismos ojos criar a un niño con leyes tan estrictas. Algo así podría ser inadmisible para cualquier chiquillo rebelde. ¿Ángel era rebelde? Tal vez, y por eso había decidido irse de casa. Eso es lo que la mayoría querían pensar, menos la familia Palacios, claro.
Luego vino ese otro chico: Hernán. Y tras él, una oleada de misteriosas desapariciones como si fuese parte del día a día. “Y en las noticias de hoy. Será un día soleado, los senadores se reúnen en el parlamento, Apple anunciará un nuevo IPhone y otro niño desaparecerá. A continuación Gonzales con los deportes”. El terror en los ojos de los padres del pueblo era palpable. Incluso los niños más jóvenes empezaban a sospechar; preguntaban dónde estaban sus amigos sin recibir respuesta. Nadie en el pueblo lo sabía.
“Eso es mentira”, pensó Amanda. “Hay una persona que sí lo sabe. La misma persona que se los llevó”.
Desde las primeras noticias, Amanda dejó muy clara su determinación: Nadie se llevaría a su Gabriel. Nadie. ¿Escucharon, malditos secuestradores? ¡Nadie!. Pueden llevarse a quien quieran, a todo el pueblo si les da la gana, pero a Gabriel no. ¿Escucharon?
Él era su hijo, su pequeño, el fruto de su amor perdido. Era el regalo de Dios que se siempre había ansiado poseer y por quien estaba dispuesta a dar la vida de ser necesario. Era tan buen chico… Tan listo, tan lindo, tan maduro. Y cuando creciera, seria todo un galán. Ya desde pequeño mostraba cierto encanto natural incluso cuando presentaba una rabieta. Muchas veces, al ponerse grosero, Amanda se vio obligada a responder con severidad usando todas sus fuerzas para ocultar una sonrisa. Aun en sus peores momentos, seguía amándolo con una intensidad imposible de explicar. Lo regañaba y al instante siguiente sentía deseos de abrazarlo, de besarle las mejillas y decirle lo mucho que sentía haberle gritado, pero que era por su bien. Era para enseñarle, educarlo y que se esa forma, con el pasar de los años, se convertiría en el mejor de los hombres.
Él era su todo.
Su retoño.
 ¿Y ahora, ocultos entre sombras demoniacas, alguien allá fuera amenazaba con hacerle daño? ¡Jamás!. Nunca lo permitiría, sin importar lo que tuviese que hacer, sin importar lo que tuviera que sacrificar; nadie le pondría un pelo a su pequeño ni para cortarle el cabello. O serían muy caras las consecuencias.
Desde que iniciaron las desapariciones, Amanda desistió de ir a fiestas, a reuniones, o a cualquier otro evento que por un segundo la separara de su hijo. No confiaba en nadie. Todos allá fuera eran posibles sospechosos.
Ese era el único modo en que podía actuar una madre ante tales circunstancias, ¿no? ¿Qué clase de madre se dignaría a pasear con su hijo, o sin él, sabiendo que hay enfermos afueras dispuestos a raptarlos para llevarlos a quien sabe dónde y hacerles quien sabe qué? Pues no, una madre debía estar ahí, alerta, con las garras preparadas y lista para arrojarse sobre cualquiera que represente una amenaza. Amanda lo sabía muy bien y así misma se mostraba.
Y ahora estaba ahí, recostada en el sofá, con su hijo durmiendo en la alcoba, cuando los faros de un coche iluminaron la estancia por segundos, recorriéndola de un lado a otro, antes de desaparecer y alejarse.
Amanda se puso de pie, movida por la curiosidad, y se acercó con parsimonia a la ventana. El coche era de sus vecinos. Una pareja recién llegada hace no mucho tiempo (“Llegaron justo antes de iniciar las desapariciones” le susurró una voz en la mente) que siempre se iba por la mañana y llegaban juntos de noche. Ella, según sabía Amanda, era profesora, aunque no recordaba su nombre. Él, en cambio, no tenía ni idea de quien era ni lo que hacía. Cuando se mudaron, no dieron muchas presentaciones y simplemente se instalaron en su nuevo hogar. Amanda no había intercambiado con ellos más que un par de saludos en la calles en contadas ocasiones. En esos momentos incomodos en los que te encuentras con tu vecino de frente y no tienes más obligación que saludar.
“Llegaron justo antes de las desapariciones” le susurró de nuevo aquella voz que parecía provenir de muy lejos pero le hablaba con firmeza
Bueno, sí, habían llegado justo antes, pero eso no quería decir nada ¿o sí? Ellos no podían ser culpables, después de todo, son sus vecinos.
“No seas idiota, mujer” pensó. ¡Pero claro que podían serlo! Cualquiera podría. Dios, debía ser muy estúpida si confiaba en ellos por el simple hecho de vivir al lado. Vaya ridiculez. Por Dios, claro que podían… Pero… Tampoco habían hecho nada raro como para sospechar de ellos. ¿Qué esperaba escuchar? Gritos saliendo de la casa, niños entrando en ellas… Era obvio que en todo el pueblo no se escuchaba nada así, o alguien lo hubiese reportado.
“Cálmate, Amanda. Estás paranoica”
Se retiró de la ventana con una extraña sensación. Una intuición desprovista de razonamiento lógico. Una corazonada que era más una voz desconocida que hablaba a diestra y siniestra palabras de pervertida desconfianza. Una simple ilusión de los sentidos inexplicables que, de cierta forma, todos poseen.
“No tienes ninguna razón para desconfiar de ellos, carajo. Tú misma lo dijiste, podría ser cualquiera”
Un poco más tranquila se fue a dormir, no sin antes echarle una última ojeada a la casa de sus vecinos: Se veía a través de la ventana ahora iluminada, en ella la mujer sostenía un enorme oso de peluche y lo depositaba en la mesa.
“Qué raro, ellos no tiene hijos” reflexionó y se fue a dormir donde tuvo un sueño inquieto.


Si te gustó el capítulo y quieres leer la segunda parte, házmelo saber en los comentarios a la vez que me sigues en mis redes sociales: Facebook y Twitter. Te lo agradecería si compartes.

¡Gracias por leer!

3 comentarios:

  1. Esos pensamientos que todos tienen a causa del miedo... Y la maldita maestra desgraciada, ya quiero llegar a la parte donde la quemam en leña verde 7-7
    Es sorprendente la vida de las personas, tal cual es la vida de Amanda hay una que otra persona, el amor, la muerte, el amor, la paranoia.

    ResponderEliminar
  2. La sugestión genera paranoia, lo sé por experiencia propia XD

    ResponderEliminar
  3. Hola John, me estoy poniendo al corriente con los capítulos. Ya mismo voy a la siguiente parte, aunque en lo personal no se me ha hecho tan largo jajaja.

    ResponderEliminar